El Papa a los religiosos: “Pobres y pacientes para evitar la «eutanasia espiritual»”

«Plegarias, pobreza, paciencia». En esta «niebla de la mundanidad», en un momento de «dolor de la humanidad» caracterizado por «provocaciones» y por un «espíritu de guerra», el Papa Francisco ofreció a los religiosos y consagrados estos tres «criterios auténticos» para guiarse «en el discernimiento». Bergoglio habló por más de una hora con los que participan en el Congreso Internacional “Consecratio et consecratio per evangelica consilia. Reflexiones, cuestiones pendientes, caminos posibles”, promovido por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, que concluye el próximo 6 de mayo en el Antonianum.

«Yo había pensado hacer un discurso, bien hecho, bello…», comenzó, «pero luego se me ocurrió improvisar, decir cosas que sean adecuadas para este momento». Momento en el que se registran «nuevas formas de vida consagrada» y nuevos «carismas». «¡Este Espíritu Santo es una calamidad, porque nunca se cansa de ser creativo!», dijo el Papa entre las carcajadas de los presentes. Entonces, la pregunta que hay que hacerse es: «¿cuáles son las cosas que el Espíritu quiere que se mantengan fuertes en la vida consagrada?».

«El pensamiento –reveló Francisco– voló, fue, dio vueltas… Y siempre se me ocurría el día que fui a San Juan Rotondo: no sé por qué, pero vi allí a muchos consagrados y consagradas que trabajan… y pensé en lo que dije allí, en las tres “p” a las que me referí allí. Estas son columnas que permanecen, que son permanentes en la vida consagrada: la plegaria, la pobreza y la paciencia».

Plegaria que significa «volver siempre al primer llamado», a «esa Persona que me ha llamado» y me ha dicho: «Ven. Deja todo y ven». «Cada uno sabe qué ha dejado: dejar a la mamá, al papá, a la familia, una carrera…», dijo el Pontífice. «Es cierto que algunos buscan la carrera “dentro”, y esto no es bueno».

Por ello hace bien rezar, porque hace que «yo trabaje para ese Señor, no por mis intereses o por la institución en la que trabajo; no, por el Señor». En este sentido se necesita cierta «radicalidad», palabra fundamental «aunque se ha sido utilizada demasiado y ha perdido un poco de fuerza». Sin embargo, resume bien ese primer impulso vocacional: «Dejo todo por Ti». «Es la sonrisa de los primeros pasos… Después llegaron los problemas, tantos problemas que todos nosotros hemos tenido, pero siempre se trata de volver al encuentro con el Señor. Y la plegaria, en la vida consagrada, es el aire que nos deja respirar ese llamado, renovar ese llamado», afirmó Bergoglio. «Sin este aire –advirtió– no podremos ser buenos consagrados»; sí, tal vez podremos ser «buenas personas, cristianos, católicos que trabajan en tantas obras de la Iglesia», pero no es lo mismo.

«Pero, estoy ocupado, estoy ocupada, tengo tantas cosas que hacer…», dijo el Papa imaginando un diálogo con un consagrado. «Pero, yo tengo un trabajo demasiado arriesgado, que me ocupa todo el día…». Está bien, pero «es más importante esto: ve a rezar». Como hacía la Madre Teresa, que «también iba a “buscarse” problemas, porque era como una máquina para buscarse problemas, porque se metía por acá, por allá, por allá… Pero las dos horas de oración frente al Santísimo nadie se las quitaba». «“¡Ah, la gran Madre Teresa!”», prosiguió el Papa Francisco, «pero, haz lo que hacía ella, haz lo mismo. Busca a tu Señor, a Aquel que te ha llamado. La oración. No solo por la mañana… Cada uno debe ver cómo hacerla, dónde hacerla, cuándo hacerla. Pero hacerla siempre, rezar. No se puede vivir la vida consagrada, no se puede discernir lo que está sucediendo sin hablar con el Señor».

Y no se puede vivir la vida consagrada fuera de la «pobreza». La pobreza, decía San Ignacio a los suyos, a “sus” jesuitas («no era una cosa original suya, creo; la había tomado de los Padres del Desierto»), «es la madre, es el muro de contención de la vida consagrada». «Es “madre”. Interesante», observó el Pontífice. «Él no dice: la castidad, que tal vez está más relacionada con la maternidad y la paternidad. No: la pobreza es madre. Sin pobreza no hay fecundidad en la vida consagrada». Y es un «muro» porque te defiende «del espíritu de la mundanidad, ciertamente. Nosotros sabemos que el diablo entra por los bolsillos. Todos nosotros lo sabemos. Y las pequeñas tentaciones contra la pobreza son heridas a la pertenencia al cuerpo de la vida consagrada».

No se puede negociar: «Sin pobreza nunca podremos discernir bien qué está sucediendo en el mundo», advirtió el Papa. «“Pero yo no, padre, yo tengo mucha fortuna…”. ¡Sí, pero algo, algún apego tienes! El Señor te pide eso: ese será el Isaac que debes sacrificar. Desnudo en el alma, pobre. Y con este espíritu de pobreza el Señor nos defiende de muchos problemas y de muchas cosas que tratan de destruir la vida consagrada».

La primera de ellas es «la mundanidad religiosa». Hay poco trecho entre la consagración religiosa y la mundanidad religiosa. Solamente «tres escalones», dijo el Papa. El primero es, precisamente, «el dinero». Segundo: «la vanidad, que va del extremo de “pavonearse” a pequeñas cosas de vanidad». Tercero: «la soberbia» y «el orgullo». Y de ahí, «todos los vicios».

Estando atentos con el «apego» a las riquezas, «los demás no llegan», aseguró el Papa Francisco. Por lo que dejó una tarea, es decir preguntarse «¿cómo es mi pobreza? Vean en los cajones, en los cajones de sus almas, vean en la personalidad, en la Congregación… Vean cómo va la pobreza».

Arreglado esto, hay que poner atención en la «paciencia». «“Pero, padre, ¿qué tiene que ver la paciencia con esto?”. Es importante la paciencia, muy importante». La actitud de cada consagración es «entrar en paciencia», explicó Bergoglio; se hace «desde las pequeñas cosas de la vida comunitaria… de pequeñas tolerancias, pequeños gestos de sonrisa cuando me dan ganas de decir groserías…, hasta el sacrificio de sí mismos, de la vida».

Paciencia. Sin ella «una vida consagrada no puede sostenerse, estará a medias»; sin paciencia, «por ejemplo, se comprenden las guerras internas de una congregación». «Sin paciencia, se comprenden estos carrerismos en los capítulos generales, este hacer grupitos antes…». «¡Ustedes no saben la cantidad de problemas, de guerras internas, de discusiones que recibe monseñor Carballo!», dijo Francisco refiriéndose al secretario de la Congregación. «Pero él es gallego, ¡es capaz de soportar todo esto!».

 

La paciencia, es un «punto clave» para la vida de un consagrado, no solo «para soportarse los unos a los otros» y «evitar estas discusiones internas que son un escándalo», sino también para «llevar sobre los hombros los problemas, los sufrimientos del mundo» y afrontar «los problemas comunes de la vida consagrada».

El más urgente, probablemente, es la «falta de vocaciones». «“No sabemos qué hacer, por qué no tenemos vocaciones… Hemos cerrado tres casas”. Esta es la queja de cada día, ustedes la han escuchado, escuchado con las orejas y sentido con el corazón. No vienen las vocaciones. Y cuando no llega, paciencia…».

El Papa se refirió en particular a dos casos, sin indicar nombres ni lugares, que sucedieron «en un país demasiado secularizado, que tienen que ver con dos congregaciones y dos respectivas provincias». «La provincia –explicó– comenzó ese camino, que también es un camino mundano, del “ars bene morendi”, la actitud para morir bien. Y, ¿qué significa esto en esa provincia, en esas dos provincias de dos Congregaciones diferentes? Cerrar la admisión al noviciato, y nosotros, que estamos aquí, envejecemos hasta la muerte. Y la congregación en ese sitio se acabó. Y estos no son cuentos: estoy hablando de dos provincias masculinas que han tomado esta decisión; provincias de dos Congregaciones religiosas».

 

Esto sucede cuando «falta la paciencia». ¿No llegan las vocaciones? Entonces «vendemos y nos apegamos al dinero para lo que pueda suceder en el futuro». Es «un signo», advirtió Bergoglio, «un signo de que se está cerca de la muerte», que «seguimos al Señor hasta determinado momento y, a la primera o segunda prueba, ciao». Se opta por este “ars bene morendi”, y la vida consagrada acaba así, con el corazón cerrado y un espíritu de supervivencia. «“Padre, ¿no acabaré en el infierno?”. No, tal vez no, pero, y tu vida? Has dejado la posibilidad de ser padre y madre de familia, de tener la alegría de los hijos, de los nietos, todo esto, ¿para acabar así? Este “ars bene morendi” es la eutanasia espiritual de un corazón consagrado que ya no puede más, que no tiene la valentía de seguir al Señor. Y no llama…».

Por ello hay que poner atención a last res “p” (plegaria, pobreza, paciencia) y tomar «decisiones radicales», que tal vez «sean personales, sean comunitarias… apuesten por esto», recomendó Francisco. Y agradeció a todos «por la paciencia que han tenido para escuchar este sermón». Y les deseó a todos lo más precioso: «la fecundidad».

Fuente: lastampa.it

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