Vida Religiosa. En camino hacia el sínodo sobre los jóvenes y la vocación

«¡RIEGA LA TIERRA EN SEQUÍA!» ¿BLOQUEO VOCACIONAL?

«Toda metamorfosis es lenta, desesperadamente lenta, salvo para el que solo está a la espera del final, porque ya lo conoce y le basta con comprobar que las cosas cumplen los ciclos de su naturaleza propia… Ocurre algo parecido a esa experiencia infantil que todos hemos tenido. Una mañana te levantas, alzas la caja de cartón en que entre hojas de morera se deslizaban ayer unos indolentes gusanos de seda y contemplas, admirado, que el vermículo se ha convertido en mariposa, y de estar fijado al suelo ha pasado a hacerse presente en cualquier lugar»1.

También hay metamorfosis de la vida religiosa. Es lenta, a veces desesperadamente lenta. Poco a poco vamos cambiando de forma. Se trata de un reajuste casi total. Esperamos ese momento de gracia, momento sorprendente, en que, todos nuestros gusanos de seda se conviertan en mariposas y comencemos un nuevo ciclo, otra historia.

Mientras esto sucede, nos están llegando algunos candidatos que nos piden ingresar en nuestras congregaciones. El momento no es muy propicio. Nos surge el temor de si serán capaces de resistir juntamente con nosotros esos cambios que nos convulsionan interiormente. Percibimos que tienen clara vocación de “mariposas”, pero por de pronto, solo podemos ofrecerles una caja de cartón, unas hojas de morera por donde deslizarse y una condición de vida: ser por ahora gusanitos de seda. ¡Volar! ¡Por ahora no es posible! Llegará el día… La metamorfosis es lenta, desesperadamente lenta.

Tiempos de sequía

Son pocos y pocas quienes piden integrarse en nuestras congregaciones. Acostumbrados a noviciados numerosos en el pasado, nos alarmamos al verlos ahora casi vacíos o tener, incluso, que cerrarlos durante algún tiempo o, “re-organizarlos” –que significa ubicar en algún lugar los pocos candidatos procedentes de una amplísima zona–. Hay quienes califican esta situación como “sequía vocacional”.

La metáfora

Se emplea la metáfora de la lluvia para indicar que en otro tiempo “nos llovían” las vocaciones. De un tiempo a esta parte, la lluvia es rara, infrecuente. Nos es persistentemente negada. Nuestros líderes, lógicamente preocupados, junto con hermanas y hermanos más sensibles a esta situación, nos piden poner nuestros esfuerzos en ello e incluso se organizan rogativas.

Estamos autorizados para invocar al Espíritu Santo y suplicarle con una cierta osadía: «¡Riega la tierra en sequía!». ¿Valdría esta oración para que se solucione la persistente y cada vez más amplia sequía vocacional de nuestros institutos? ¿Sería una invocación adecuada para la preparación del próximo Sínodo de Obispos sobre la Juventud? ¿Deberá ser este artículo una reflexión sobre la oración al Espíritu para que envíe numerosas vocaciones a nuestros institutos?

Y yo mismo me respondo: ¡No! Si me dejo mover por un pensamiento creativo, simbólico, abierto a la complejidad, estimulante, lo que yo debo hacer es conjugar los diversos elementos simbólicos de esta plegaria al Espíritu: tierra, sed, sequía y agua. Lo que debo hacer es lanzar estos símbolos para entender esa realidad misteriosa que nos envuelve: la complicidad entre el Espíritu de Dios y el ser humano y los grupos humanos, pero también, a veces, la falta de sintonía que “tanto entristece” a ese poderosamente débil y débilmente poderoso Espíritu de Dios. Por eso, me pregunto más bien:

– ¿Hay tierra seca en nuestras congregaciones?

– ¿Somos nosotros, –¡soy yo! –, tierra reseca, agostada, sin agua?

– ¿Hay tierra seca en los jóvenes de nuestro tiempo, europeos, americanos, asiáticos…?

– ¿Dónde está el agua? ¿qué agua? ¿de río, de lluvia, de fuente, de lago?

– ¿Qué es lo que más riego necesita dentro de nuestras congregaciones?

– ¿Qué es lo que debe ser regado en el corazón de los jóvenes bautizados y confirmados? ¿Cómo es posible que la confirmación del Bautismo de lugar a una sorprendente sequía?

– ¿La sequía es cultural, es ambiental o es singular, solo propia de algunos grupos, de algunos territorios?

¿Una sana despreocupación?

Que haya un número mayor o menor de nuevos candidatos, aparece en este contexto, como una cuestión menor, como una consecuencia. Creo que a ello se debe una cierta y sana despreocupación –que advierto en las congregaciones u órdenes más consolidadas– por los nuevos candidatos.  Los grupos más fundamentalistas, en cambio, se han tomado siempre muy a pecho el reclutamiento de nuevos candidatos. Jesús lo apreció en el proselitismo judío. De él es aquella advertencia que deberíamos tener siempre presente: «Recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y cuando llega a serlo, le hacéis hijo de condenación, el doble que vosotros» (Mt 23,15).

Creo que no somos así la mayoría de los consagrados. Ponemos empeño en que los procesos vocacionales sean lúcidos, libres, abiertos y no el resultado de un marketing deslumbrador. Porque bien sabemos, que después no es fácil resistir las pruebas de la sucesión formativa “postulantado, noviciado y juniorado”.

Esa sana despreocupación a la que me he referido se basa en algunos argumentos que tienen su peso:

– La vocación depende de Dios y nosotros no debemos suplantarlo.

– El proyecto de vida de nuestras congregaciones –en cuanto tales– no es absolutamente necesario para la existencia del mundo y de la Iglesia; no hemos recibido una promesa de perennidad; si desaparecemos, ¡no pasa nada! Lo importante es morir como se debe: ¡carismáticamente! La vida consagrada continuará bajo otras formas.

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Fuente: vidareligiosa.es

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